LA
NONA - CAPITULO 1
NARRADOR.
—Martes, aproximadamente, a las ocho de la noche. En la cocina esta María,
que pela arvejas frente a una enorme olla; Anyula, que ceba mate, y la Nona, que está sentada en una silla y come pochoclo
en forma continuada. En su pieza, está Chicho tirado en la cama leyendo el
diario del día. Anyula le tiende un mate a María.
MARÍA.—No quiero más.
ANYULA.—Le voy a llevar
a Chicho.
MARÍA.—Decile que es el
último.
(Anyula golpea suavemente
la puerta. Chicho, rápidamente, deja el
diario y comienza una especie de tarareo, simulando cantar un tango)
MARIA. —Tomá.
(Chicho da dos o tres
sorbos)
CHICHO.—Está medio frío,
tía.
ANYULA.—Caliento el
agua. ¿Vas a tomar más?
CHICHO.—Eh... estoy componiendo.
Y cuando compongo...
ANYULA.—¿Algo nuevo?
CHICHO.—Hoy empecé otro
tango. «De mi pobre corazón...» (Marca los típicos compases finales del
tango.) ¿Te gusta?
ANYULA.—(Contenta) Mucho. Sacaste el oído de
papá. De toda la familia sos el único que salió músico. ¡Y a él que le gustaba tanto!
Si pudiera escucharte...
CHICHO.—Me escucha,
tía, me escucha... A veces siento aquí... Es el Nono, desde el cielo,
que me dice: «Bien, Chicho, bien».
CHICHO.—Cébate otro,
tía. Pero calentito, ¿eh?
ANYULA.—Sí, querido,
sí. Voy a calentar el agua.
(Anyula
se dirige a la cocina)
MARÍA.—(Indignada) ¿Qué? ¿Vas a seguir tomando?
ANYULA.—Está componiendo.
Un tango muy lindo.
MARÍA.—Vos sos muy
buena, Anyula.
ANYULA.—¿Qué querés? Es
mi sobrino preferido. Carmelo es muy bueno, también, muy trabajador. Ya sabes
cómo lo quiero. Pero Chicho... ¡qué sé yo! Es un artista.
MARÍA.—(Irónica.) Sé...
Un artista.
ANYULA.—Como papá.
(La Nona agita la
bolsita de pochoclo vacía)
NONA.—Má pochoclo.
MARÍA.—(Enojada) ¡Qué pochoclo! Ahora vamos a
cenar.
(La Nona agita la
bolsita vacía cerca de la cara de Anyula)
NONA.—Má pochoclo,
nena.
ANYULA.—No quedó más,
mamá. (A María.) ¿Le voy a comprar?
MARÍA.—(Enojada) ¡Pero no! No tiene que comer
porquerías.
NONA.—(A María) ¿No
tené salamín?
MARÍA.—(Enojada) ¡Qué salamín! Espere la cena, te
dije.
NONA.—¿Un po de
formayo?
MARÍA.—(Enojada) ¡Nada, te dije! Aguantate hasta
la cena. Anda a tu pieza, vamos. Cuando esté la cena, yo te llamo. ¿Qué tenes
en el bolsillo? (Le saca el pan.) ¡Pero qué cosa!
(La Nona sale
rezongando.)
MARÍA.—No tenes que comprarle
todo lo que le pida, Anyula… ¿Está la cena lista?
ANYULA.—Falta todavía.
(Entra
Marta)
MARTA.—Me voy mamá.
MARÍA.—¿Vas a salir?
MARTA.—Estoy de turno.
MARÍA.—¿Otra vez? Esta
semana ya van tres veces. ¿No es una vez por semana?
MARTA.—Sí... pero esta
semana es así. ¿Me prestas tu reloj?
MARÍA.—¿No vas a comer
nada?
MARTA.—Como algo cerca
de la farmacia.
MARÍA.—(Preocupada) ¡Nena...! Te vas a enfermar.
MARTA.—La farmacia es
un trabajo sacrificado. Ya lo sabés.
MARÍA.—Sí, pero vos
vendés perfume. ¿Por qué tenés que quedarte toda la noche?
MARTA.—¡Ay, mamá...! Querés
que te lo explique todo.
(De la calle llega el
sonido de varios bocinazos)
MARTA.—Ahí está el
farmacéutico. Chau. (Besa a María.) Chau, tía.
(Al salir tropieza en la
puerta con Carmelo, su padre)
CARMELO.—Hola. ¿Te vas?
MARTA.—Estoy apurada. Chau,
papá.
(Besa a Carmelo
rápidamente y sale)
CARMELO.—Estás de turno
otra vez. Pobre nena. Lo que es el farmacéutico ese… debe ganar bien. Dos por
tres cambia de auto. Hoy se vino con un Falcon. (Tiende el paquete a María.)
Toma. Todo lo que quedó.
(María abre el paquete
y saca unas verduras)
MARÍA.—(Reprochando) No me trajiste perejil.
CARMELO.—Lo vendí todo.
MARÍA.—(Reprochando) ¡Justo hoy que hice guiso!
CARMELO.—Un perejil
lindo, crespito. Me lo sacaron de la mano.
MARÍA.—Y los zapallitos
no van a alcanzar.
CARMELO.—¡Tenés como dos
kilos ahí! Ayer traje cinco.
MARÍA.—(Con un gesto
que significa «no es extraño».) ¿Y...?
CARMELO.—Si traigo todo
lo que me pedís... Para eso cierro el puesto. Le digo al mayorista que me
traiga el pedido a casa.
ANYULA.—Yo casi ni comí
zapallitos ayer.
CARMELO.—¡Bah, Anyula...!
Si no digo por vos.
ANYULA.—Es que yo soy
una carga.
MARÍA.—Anyula... haceme
un favor. Crusate hasta lo de Vicente y trae dos kilos de zapallitos y un poco
de perejil.
CARMELO.—(Indignado) ¡Mirá vos...! ¡En mi casa hay
que ir a comprarle al chorro ese!
MARÍA.—¿Cómo anduvo la
venta?
CARMELO.—Bien... Viste
lo que quedó. En ese barrio se vende muy bien (Pausa.) ¡Eh... si
nosotros podríamos vivir sin problemas! ¡Qué lo parió!
MARÍA.—(Preocupada) ¿Qué pasa?
CARMELO.—(Preocupado) ¿Qué va a pasar? Que no
llegamos a fin de mes. ¡Eso pasa! ¿Vos anotaste todos los gastos?
MARÍA.—Falta lo de hoy.
CARMELO.—Y Bué… Y
todavía falta lo de hoy. (Cierra un cuaderno con fastidio y lo guarda en el
aparador.) No sé... No pagamos alquiler... no nos damos lujos... Yo, ni
ropa me compro.
MARÍA.—Yo tampoco.
CARMELO.—(Indignado) Esto no puede seguir así. La
idea de ahorrar para poner el mercadito, bueno... Mejor que me la olvide. Pero
si esto sigue así, voy a tener que vender el puesto de la feria.
(Se hace una pausa)
MARÍA.—Si tu hermano
trabajara...
CARMELO.—¿Otra vez con
eso? Eh... Chicho es un artista.
MARÍA.—¡Un artista!
Pero come y vive a costa tuya.
CARMELO.—Uno de estos
días la pega y nos vamos todos para arriba… Digo yo... Con eso puede
ganar mucha plata.
MARÍA.—¿Componiendo
tangos? ¿Me querés decir quién gana plata hoy componiendo tangos?
CARMELO.—Según él, los
puede vender al Japón.
MARÍA.—Por favor, hace
veinte años que está componiendo y nunca terminó nada.
CARMELO.—Sé... la
verdad que... Pero a Chicho lo podemos aguantar. Anyula en lo que más gasta es
en yerba, pobrecita... La Martita aporta lo suyo… No... el problema de esta
casa es otro.
NONA.—(Imperativa.) ¡E
cuándo si manya!
MARÍA.—(Imperativa) Le dije que le iba a avisar.
NONA.—(Se sienta a
la mesa.) La picadita.
(Ingresa Anyula con un paquete
de zapallitos)
ANYULA. .—Tomá María.
MARÍA.—Gracias, Anyula.
Decile a Chicho que venga a cenar.
ANYULA.—(Levantando la voz) Chicho... a comer.
(Chicho emite un
gruñido)
ANYULA.—(Levantando la voz) A comer, querido.
CHICHO.—(Semidormido.)
Cebate unos mates, tía.
ANYULA.—Está la cena
servida. Después te hago los matecitos, ¿eh? Vamos.
NONA.—U pane.
MARÍA.—Traigan el pan del aparador. Vos
sentate, Carmelo. Anyula, servile la sopa a Carmelo.
(La Nona golpea con el
tenedor el borde del vaso)
NONA.—Vino.
CARMELO.—El destapador,
María.
(La Nona sigue
golpeando el vaso)
CARMELO.—(Levantando la voz) ¡Ya va, Nona! No seas
impaciente.
NONA.—¿No hay
escabeche?
CARMELO.—(Por el
tenedor.) Saca eso, Nona.
(Carmelo le sirve vino.
La Nona lo bebe enseguida)
NONA.—Termené.
MARÍA.—Déjeme a mí. Traeme
un plato hondo, Anyula.
(La Nona vuelve a
reclamar vino. Carmelo le sirve. María coloca frente a la Nona un plato de guiso
cubierto hasta los bordes)
NONA.—Formayo.
CARMELO.—¡Y ahí tiene,
Nona!
NONA.—(Enojada.) ¡Ma
no! ¡Formayo de rayar!... Ma no, ya que está, decalo.
ANYULA.—Creo que hay
rallado.
NONA.—¿Y el perequil?
¡¡El perequil, María!!
CARMELO.—(Levantando la voz) ¡Ya va, Nona!
(Los demás comienzan a
comer. Aparece Chicho)
CHICHO.—¿Queda algo?
ANYULA.—Hay guiso
calentito.
CHICHO.—Si no hay, no
importa.
ANYULA.—Come el mío. Te
llamé, pero estabas dormido. No te quise despertar.
CHICHO.—No dormía, tía.
Escuchaba mi música.
MARÍA.—(Irónica.)
¡Jmmm!
CHICHO.—Me gusta cerrar
los ojos y escuchar mi música.
NONA.—Má guiso.
MARÍA.—No hay más.
CHICHO.—Toma, Nonita.
CARMELO.—No le des más,
que ya comió.
CHICHO.—Un poquito.
¿Cómo le vas a negar un poco de comida a la Nonita? (Le acaricia la cabeza.)
Nonita... la cabeza blanca como paredón iluminado por la luna. Y esas arrugas
que son surcos que traza el arado del tiempo.
ANYULA.—(Embelesada.)
¡Qué cosas lindas decís!
CHICHO.—Nonita... ¿Te
acordas cuando me llevabas a pasear a la plaza?... Un niño que descubría un
mundo agarrado a la pollera de una abuela… Nonita... el niño aquel se hizo
hombre y la abuela es un rostro dulce que lo mira desde el marco de una
pañoleta negra.
NONA.—U pane.
CARMELO.—(Enojándose) ¿Qué pan, Nona? Ya comiste.
NONA.—¿Galleta marinera
no tené?
CARMELO.—(Enojado) ¡Qué galleta marinera! ¡Vamos! Andate
a dormir.
NONA.—El postre.
CARMELO.—María, dale
dos manzanas. Y que se vaya a la pieza. ¡Vamos!
CHICHO.—Dejala un rato
más. Es casi el único momento que tengo para estar con ella.
MARÍA.—(Irónica) ¡Claro...! ¡Cómo vos estas tan
ocupado...!
CARMELO.—Que se vaya a
la cama. Chicho, tenemos que hablar. Vamos, Nona.
NONA.—A domani.
(Todos saludan)
CARMELO.—Vos también podes
irte a la cama, tía.
ANYULA.—Tengo que ayudarle
a María a lavar los platos.
CARMELO.—Deja. Hoy la
ayudo yo. Anda a dormir.
ANYULA.—Hasta mañana,
entonces.
(Todos saludan. Carmelo
saca una botella de grapa y se sirve)
CARMELO.—(Serio) Oíme Chicho... Yo sé que vos sos
muy sensible a estas cosas.
CHICHO.—(Preocupado) ¿Le pasa algo a la Nonita?
¿Está en yantas?
CARMELO.—¿Cómo?
CHICHO.—¿Está
chacabuca? ¿Enferma?
CARMELO.—¿Quién?
CHICHO.—La Nonita.
CARMELO.—Está mejor que
nunca. ¿No la viste?
CHICHO.—Mi Nonita... Si
le pasara algo, no podría soportarlo… La abuela, en cuyo regazo alguna vez...
CARMELO.—(Levantando la voz) ¡Pará! ¡Pará! (Pausa.)
Oíme, Chicho... Esta casa no puede seguir así. Este mes no llegamos.
CHICHO.—¿Adónde?
CARMELO-—¡Con la guita!
No llegamos. Oíme... ya sé que estas cosas te hacen mal, pero tenés que hacerle
frente de una vez por todas. Vos sos un artista, lo sé... Nunca te hablé de los
problemas de la casa.
CHICHO.—Ya no voy a
poder componer. ¡No voy a poder componer!
CARMELO.—¡Pero tenés
que entenderlo! El puesto de la feria no da para más, ¿entendés? (Levantando la voz) ¡No da para más! La Nona me lo está morfando.
MARÍA.—Bajá la voz que
te puede oír.
CARMELO.—(Cuchichea.)
¡Me lo está morfando! ¿Me oís? Es como mantener a diez leones juntos.
CHICHO.—(Lamentoso.)
Nonita...
CARMELO.—¡Nonita,
Nonita, pero nadie hace nada!
CHICHO.—Servíme una
copita de grapa, Carmelo.
(Carmelo, de mala gana,
le sirve grapa)
CARMELO.—(Preocupado) Yo no sé... O esto se
soluciona, o... tiene que haber otro ingreso.
CHICHO.—¿Otro ingreso?
CARMELO.—Y claro.
CHICHO.—¿Y vos podrás
tener otro trabajo?
CARMELO.—¿Otro trabajo?
¿Pero vos estás loco?
MARÍA.—(Interrumpiendo) Carmelo se levanta a las
cuatro de la mañana y vuelve a las ocho de la noche.
CARMELO.—Pará, María.
CHICHO. —¿Y la Martita?
CARMELO.—Marta trabaja.
Algo aporta.
CHICHO.—Entonces, no
sé... No se me ocurre nada.
MARÍA.—¿El pescadero no
te dijo que precisaba un ayudante?
CARMELO.—Sí... Un
ayudante.
(Pausa tensa)
CHICHO.—(Pensativo) Ahora, digo yo... La Nona
está muy viejita, ¿no?
CARMELO.—Sí. ¿Y?
CHICHO.—Y bue...
¿Cuánto más puede...? (Lloroso.) ¡Dios le dé larga vida! Uno... dos
añitos... Pasan volando.
CARMELO.—Cuando cumplió
ochenta y ocho, me dijiste lo mismo, y tuve que vender el taxi.
CHICHO.—¡Y bueno!
Pasaron doce años. Se la ve avejentada.
CARMELO.—¿Y qué querés?
¿Que ahora tenga que vender el puesto de la feria?
CHICHO.—No, eso no.
CARMELO.—Entonces voy a
tener que hablarle al pescadero.
CHICHO.—¡Pará... pará!
Estas cosas hay que pensarlas bien. No hay que apurarse. (Toma el diario y
se pone a leer los avisos clasificados.) Algún laburo tranquilo tiene que
haber. ¿Ves? Aca hay uno. (Lee.) «Persona adulta se necesita para todo
tipo de cobranzas.»
CARMELO.—Bueno... Si lo
del pescadero no te gusta y las cobranzas te dejan... Para mí es lo mismo. (A
María.) ¿No?
CHICHO.—(Sin dejar
de leer.) No es para mí. Pensaba en la Nona.
CARMELO y MARÍA.—¿En la
Nona?
CHICHO.—Y claro. ¿No
dijiste que el problema de esta casa es la Nona? Y bueno... hay que resolverlo
con la Nona.
CARMELO.—¿Pero cómo vas
a mandar a la Nona a hacer cobranzas?
CHICHO.—Se las puede
rebuscar por el barrio. Le ayudamos a cruzar la avenida y puede agarrar todo el
sector comercial.
CARMELO.—(Indignado) ¡Pero no, Chicho! Además, se va
a hacer un lío con la plata.
CHICHO.—Le anotamos en un
papelito...
CARMELO.—(Imperativo) ¡No va, Chicho!
MARÍA.— Yo me
voy a dormir. ¿Vamos, Carmelo?
CARMELO.—(Imperativo) Si. Y ya sabés, mañana le
hablo al pescadero.
CHICHO.—¡Pará un
poquito! (Obliga a Carmelo a sentarse.) Lo de las cobranzas no va. Está
bien. Pero tiene que haber otra cosa.
CARMELO.—Oíme, dejate
de líos.
CHICHO.—(Que sigue
recorriendo los avisos.) ¡Es increíble la falta de oportunidades que hay en
este país!
CARMELO.—Pero
escuchame, Chicho... ¡tiene cien años! ¿Dónde va a conseguir laburo?
CHICHO.—¿Y por qué no?
La gente, cuando no trabaja, se muere. Además, acá se aburre todo el día. ¿Y en
lo del pescadero? Según vos, es un trabajo tranquilo.
CARMELO.—Pero se tiene
que levantar a las cuatro de la mañana.
CHICHO.—(Indignado) ¡Ah, y me lo querés encajar a
mí!
CARMELO.—Pero
escúchame... Para vos es un laburo ideal. Haces el turno de la mañana. De cinco
a una.
CHICHO.—(Levantando la voz) ¡Ocho horas!
CARMELO.—Tenés toda la
tarde libre.
CHICHO.—Yo a la tarde
no puedo componer, Carmelo.
CARMELO.—Bueno... ¡que
sé yo! Por ahí te puedo conseguir el turno de la tarde. (Se pone de pie.) Me
voy a dormir.
CHICHO.—¡Para un cacho!
(Con gesto de descubrimiento.) ¡Ya está! ¿Pero cómo no se nos ocurrió? (Carmelo
lo mira).
CARMELO.—¿Qué cosa?
CHICHO.—La jubilamos.
CARMELO.—¿A la Nona?
CHICHO.—Y claro. ¿Cómo
se llamaba ese amigo tuyo que era gestor?
CARMELO.—¿Y jubilarla de
qué? Si la Nona nunca laburó.
CHICHO.—Qué sé yo... (Piensa
rápidamente.) Profesora de italiano.
CARMELO.—¡Pero vos
estás loco!
CHICHO.—Bueno... eso se
piensa. Hablale a tu amigo.
CARMELO.—¡Pero no!
Además, la jubilación es una miseria. ¡No, Chicho, no! Y me voy a la cama.
CHICHO.—(Preocupado) Pará... pará... Tomemos otra
copita, ¿eh? ¡Dale, serví!
(Carmelo llena las
copitas)
CHICHO.—Escúchame...
¿Por qué no la hacemos ver por un médico?
CARMELO.—Desde que
tengo uso de razón, jamás vio un médico.
CHICHO.—Qué querés que
te diga... (Dudoso) Yo no la veo nada
bien.
CARMELO.—Si el hambre
es salud...
CHICHO.—No te engañés,
Carmelo. Está comiendo menos. Hoy al mediodía no almorzó.
CARMELO.—(Con
asombro.) ¿No almorzó?
CHICHO.—Bueno, casi...
Y a la tarde... estábamos solos, le ofrecí café con leche y no quiso.
CARMELO.—¿No quiso?
¿Seguro?
CHICHO.—Como lo oís. Y
me dijo que iba a empezar a hacer régimen.
NONA.—Bonyiorno.
CARMELO.—(Sorprendido) ¡Nona! ¿qué haces
levantada?
NONA.—Vengo a manyare
el desachuno.
CARMELO.—¿Qué desayuno?
NONA.—El desachuno. E
la matina.
CARMELO.—¿Qué matina?
Son las diez de la noche.
NONA.— (Enojada) Ma,
¿y la luche?
CARMELO.—(Mira a
Chicho.) La luche...¿Qué luche?
NONA.—(Más enojada.)
¡La luche! ¡II giorno!
CARMELO.—Es la luz
eléctrica, Nona. Mira… ¿No ves que es de noche?
NONA.—Ma...tengo fame.
CARMELO.—(Indignado) Hace quince minutos que
terminó de comer.
NONA.—¿Quince minutos?
Con razón. ¿No tené un cacho de mortadela?
CARMELO.—Es hora de
dormir, no de comer. ¡Va...! (Imperativo)
Vamos a la cama.
NONA.—(Se sienta a
la mesa.) Ma... ya que estamo. El desachuno.
CARMELO. —(Fastidiado.)
¡Qué desayuno ni desayuno! ¡Vamos!
CHICHO.—Pará,
Carmelo... (Acaricia la cabeza de la Nona.) Nonita...
NONA.—Dame un cacho de
mortadela.
CHICHO.—Sí, Nonita,
sí... Carmelo, hacele un sánguche a la Nona. Y después se va a la cama, ¿eh?...
Usted, Nonita... ¿Nunca le duele nada? (Le toca donde supone que está el
hígado.) ¿Aca? ¿Duele?
NONA.—(Ríe).
CHICHO.—¿Duele?
NONA.—(Ríe). Me
fa cosquiya. (A Carmelo.) Bien cargadito, Carmelo.
CHICHO.—¿Y el pulsito?
¿A ver...?... ¿Y ese sarpullido? No me gusta nada.
(Llega Carmelo con el
sándwiche)
CARMELO.—Toma. Y ahora
a la cama. Vamos.
(La Nona sale masticando.
Ambos la miran salir)
CARMELO.—Así que
régimen, ¿eh?
CHICHO.—(Dudando) Yo no la veo nada bien.
CARMELO.—(Se
encamina hacia la pieza). ¡Dejate de joder!
CHICHO.—Escúchame...
hagámosla ver por un médico. No se pierde nada. Además...tiene cien años.
Ponele que te diga un año, ¿viste? Para qué te vas a andar haciendo mala sangre
con el laburo, ¿no?
CARMELO.—(Luego de
una pausa.) Está bien. Vamos a ver qué dice el médico.
CHICHO.—Fenómeno,
Carmelo.
CARMELO.—(Le apunta
con el índice. Imperativo) Pero si, como pienso, no tiene nada, mañana
mismo le hablo al pescadero.
NARRADOR.
—Fin del capítulo. ¿Vendrá el médico para
revisar a La Nona? ¿Chicho tendrá que madrugar para trabajar en la pescadería?
¿La Nona dejara de comer en algún momento? Entérese como continúa esta historia
en el próximo capítulo de “La Nona”.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario